Esa mañana, Quito amaneció dormida: aunque el sol brillaba, la ciudad no se dejaba iluminar, la gente no despertaba, ningún gallito cantaba.
En reunión emergente: la luna, el sol,
y uno que otro santito que pasaban por ahí, alarmados todos por la extraña
situación, buscaron la manera de despertarla. Tomaron una nube y la extendieron
tanto, que cuando estaba bien gordita y la soltaron ¡explotó en una gran tormenta
que cubrió toda la ciudad!
La lluvia inundó patios, pasos a
desnivel, calles estrechas, pero al final Quito despertó.
Sucede
de vez en cuando, cuando Quito comienza a quedarse dormida.
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